Otro enfoque para una idea insistente: dignificar la FP

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Todas las personas que desde distintos ámbitos o responsabilidades estamos interesados en la mejora de la Formación Profesional hemos oído o incluso utilizado reiteradamente el mensaje de la necesaria dignificación de la FP, intención loable, pero sin duda compleja y que se puede analizar desde muy diversos puntos de vista. Sin menosprecio de otras muchas reflexiones posibles, hay una que desearía resaltar: la formación del profesorado que imparte docencia en Formación Profesional.

Por supuesto que el aspecto formativo de los docentes no es un tema exclusivo de la FP, pero sí que considero que tiene en nuestro ámbito una especial relevancia, dado que en este ámbito se suman los cambios en el alumnado propios de la transformación social que estamos viviendo con los cambios tecnológicos y de conocimiento que los contenidos de los módulos a impartir están sufriendo de manera vertiginosa.

No creo en soluciones milagrosas, pero sí en la fuerza de una motivación ilusionante. A estas alturas de la función, no es posible mantener una estructura organizativa, de gestión y de formación del profesorado igual, exactamente igual, que ¿hace….cuántos años?. Si nuestro alumnado ha cambiado extraordinariamente, si los empleadores y los trabajos han evolucionado de manera impresionante, si las tecnologías son tan distintas a las de hace sólo diez años,…¿cuál ha sido nuestra respuesta?. Quizás coincidan conmigo en que así no vamos bien. Para que la sociedad actual cambie su opinión y valoración sobre nuestra FP, es imprescindible que le podamos ofrecer una respuesta acorde con lo que se le está demandando.

Un primer aspecto para la reflexión tiene que ver con la gestión. Nuestros centros de FP se organizan como si se tratara de un instituto de secundaria un poco especial, y además, más caro de mantener. Me explico: tienen talleres, sí, pero como un instituto tiene laboratorios. Y departamentos tecnológicos,…igual que tienen los institutos departamentos de matemáticas o historia. Y en base a esto, organizamos este “raro instituto”…y así nos va. La formación especializada que requiere la FP es absolutamente incompatible con el sistema de reparto de materias que tradicionalmente se sigue en muchos centros, donde prima la antigüedad o la cátedra…sobre el conocimiento. Es absolutamente prioritario (además de obvio y de sentido común) que cada docente imparta su docencia en la materia que conoce y domina. Y no me refiero a aquellas de “su familia”, gran error que dada la especialización actual lleva por ejemplo, en un centro de FP con ciclos formativos de la familia de Sanidad a que un docente experto en laboratorio tenga que impartir ortodoncia, o un experto en protésica tenga que impartir radiología. Como si un oftalmólogo pudiera operar ginecología. En FP la especialización y el rigor en el conocimiento no es menos importante que en otros ámbitos.

Un segundo aspecto es la actualización de los conocimientos. Es cierto que existen numerosas posibilidades de actualización para el profesorado de FP, incluso en horario lectivo, pero adolecen de problemas de base: no hay plazas para todos, no son obligatorias y no hay un sistema de evaluación que asegure que los conocimientos adquiridos son adecuadamente implementados en el aula. La realización de estas actualizaciones depende exclusivamente del interés del propio docente por actualizarse, mientras que debiera depender de una planificación estratégica desde los responsables de la política educativa. Mantener un profesorado bien formado y actualizado sin duda no es barato, pero es imprescindible para ofrecer unos estándares formativos adecuados al alumnado de FP.

Y el último es la flexibilidad. Es preciso crear una normativa que obedezca a la realidad de nuestros centros de FP: un alumnado muy diverso, tanto en su origen formativo como en su edad. El ejemplo de los gemelos es ilustrativo: ¿debe haber tanta diferencia en la normativa entre una persona inicia 1º de universidad y su gemelo que inicia 1º de grado superior de FP?. No podemos organizar a este alumnado con normativas de ESO. Y además, cómo introducimos con nuestro sistema actual de gestión igual para todos los nuevos sistemas de aprendizaje mediante FP Dual, o el aprendizaje por proyectos (tan necesario en FP), o nuevas metodologías basadas en el aprendizaje colaborativo… sin duda retos muy interesantes.

Seguro que con la ilusión y trabajo de todas las personas que queremos a la FP, conseguiremos en los próximos años avanzar hacia una FP más integrada y más reconocida por todos los sectores de nuestra sociedad. El reto es motivante, y el resultado, merece la pena.

Marino Barásoain

Catedrático de FP

La FP, ¿educa o enseña?

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Licencia foto: photo credit: Marc Wathieu Gesture, attitude, behaviour via photopin (license)

La escuela sólo debe ocuparse en formar los profesionales que necesita la sociedad o aquellos que demanda el mercado.Todos hemos escuchado alguna vez esta afirmación y no son pocos los que plantean que los centros educativos debieran limitarse a enseñar contenidos o competencias técnicas mientras que las familias son las únicas responsables de la educación (moral) de sus hijos.

Tal vez no consideramos que nuestros hijos y alumnos pasan más horas junto a sus compañeros de clase que con cualquiera de sus progenitores, que nuestros chavales absorben valores y actitudes de todo lo que les rodea y que hasta que no alcanzan la madurez personal son chicos influenciables; que no sólo basta con lo que transmitimos en casa, independientemente de la situación socioeconómica de la familia. En definitiva, que la escuela ayuda a determinar la conducta, valores y moral de nuestros jóvenes estudiantes.

En cada curso, en cada grupo o en cada módulo nos encontramos con alumnos muy diferentes entre sí; unos precisarán un mayor estímulo académico mientras que otros pueden requerir un apoyo emocional o un aprendizaje de habilidades sociales. No podemos generalizar ni establecer patrones donde el aula sea un mero espacio transmisor de conocimientos técnicos o un lugar donde favorecer la maduración personal.

En el caso concreto de la Formación Profesional es muy diferente la perspectiva si estamos trabajando con ciclos de grado medio o con ciclos de grado superior. En los grados medios es habitual encontrar adolescentes -en torno a los dieciocho años- en pleno proceso de maduración personal, algo dispersos, con poca motivación hacia los estudios y muy dependientes de su entorno (amigos y compañeros). Es por ello que, como profesores de FP, en estos ciclos medios necesitamos trabajar aún más las competencias personales del alumno (actitud, cortesía, esfuerzo…) que cualquier otra competencia profesional. Aprender a saber estar, a buscar la reflexión, trabajar la lectura comprensiva y la escucha activa, el respeto, las adicciones, la identidad digital, la empatía o la motivación, es esencial en esta etapa vital de nuestros alumnos.

En los ciclos de grado superior, con alumnos habitualmente más mayores, en edad adulta e incluso con estudios superiores cursados, el panorama cambia sustancialmente. En este nivel de Formación Profesional la (pre)ocupación principal es la materia de cada módulo, la actualización permanente y el contacto habitual con los profesionales del sector económico que nos ocupa. A pesar de que nunca está de más trabajar la actitud, el trabajo en equipo y una cordial convivencia.

Por todo ello, las recetas que debe aplicar la administración educativa y los centros educativos deben ser sustancialmente diferentes para abordar la enseñanza y el aprendizaje de los alumnos de Formación Profesional de grado medio. Los profesores de grado medio precisan una mayor formación para gestionar conflictos, para motivar, para manejar las disrupciones, para saber trabajar en equipo y abordar conjuntamente con los docentes del ciclo las actuaciones con cada grupo de alumnos. El tutor/a se convierte en una pieza esencial con la que deben trabajar coordinadamente el resto de compañeros, una figura que debiera tener una disposición horaria para ejercer esa tarea educadora de la que hablábamos al principio de este artículo.

La sociedad no valora convenientemente la ingente labor que se está haciendo con aquellos alumnos que, después de su educación obligatoria, continúan sus estudios en un ciclo profesional de grado medio. Unos alumnos en una etapa difícil y de cambios que, gracias a los centros de FP, estarán en unos meses estarán en disposición de trabajar o de continuar estudios. Con buen criterio, en la actualidad, todos los ciclos (L.O.E.) de grado medio tienen una duración mínima de un curso y medio en el centro educativo; una duración que no debiera en ningún caso disminuirse, como puede suceder con la FP Dual, sino ampliar las horas de formación en los centros de trabajo sin perjuicio del horario lectivo en el aula.

En el caso de los títulos de grado superior, sin obviar los ciclos de grado medio, los docentes necesitamos principalmente un mayor contacto con las empresas, a través de convenios de formación donde trabajar las competencias profesionales en un entorno real, o a través de talleres con profesionales experimentados de cada sector. Todo ello, sin olvidar la importancia que tiene la colaboración entre los docentes de cada ciclo, tanto del mismo centro educativo como con colegas de otros centros. Sería pues necesario articular espacios y un horario reservado para este trabajo conjunto, ya que con los horarios habituales y la rigidez en la composición horaria de cada módulo, se hace difícil este tipo de trabajo en equipo o mediante colaboraciones.

Entiendo pues, que la falsa dicotomía de educar o formar es evidente en el caso de la Formación Profesional. Nuestra Formación Profesional sigue siendo una etapa esencial de nuestro sistema educativo desde la que los jóvenes pueden seguir recibiendo una educación, en el sentido más amplio de la palabra, y unas enseñanzas técnicas imprescindibles para su empleabilidad.

Óscar Boluda Ivars

www.efepeando.com

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